Recientemente el economista jefe del FMI, el francés Olivier Blanchard, nos sorprendía describiendo la economía global como una “montaña rusa” con “mercados esquizofrénicos” en la que la incertidumbre condicionará su marcha, especialmente en Europa.

Digo que nos sorprendía no porque sea un descubrimiento sorprendente, sino porque es llamativo que hasta el FMI, el gran adalid de las políticas neoliberales, el abanderado de los recortes y la austeridad, el paladín de los mercados libérrimos, acabe reconociendo que algo no funciona en ellos: los mercados parecen como esquizofrénicos: piden consolidación fiscal, pero luego reaccionan mal cuando la consolidación genera menos crecimiento”.

No son los únicos, algo antes ya nuestros sabios gobernantes nos dejaban claro su desconcierto ante la reacción de los oráculos que interpretan los designios de los dio… perdón, de los mercados: Y creo que no lo entiende nadie. Cristalino.

Resulta alentador comprobar que estamos en manos de expertos cuya incomprensión está, como poco, a la altura de los reputados economistas del FMI. Incluso anticipándose a ellos en el descubrimiento de que es bastante paradójico que las medidas que provocan contracción y desempleo puedan, en definitiva, resultar perjudiciales para la economía…

Hace más de medio siglo, en 1954, John Kenneth Galbraith publicó “El Crash de 1929“, una obra imprescindible para entender aquella crisis (y en muchos sentidos también para entender ésta), que aún sigue reeditándose, y que recomiendo vivamente a cualquiera que tenga un mínimo interés en el tema (de verdad, aunque pueda parecer plomiza está escrita en un lenguaje claro y sencillo, para todos los públicos, y trufada de una ironía tan deliciosa como incisiva, por lo que resulta muy agradable de leer).

Hace poco, casualmente, estuve hojeándola de nuevo y tropecé con alguna de esas cosas que hacen pensar en lo mucho que han cambiado las cosas… para que todo siga igual:

Galbraith cuenta que hasta 1932 no se inició la búsqueda de posibles responsabilidades en el mercado de valores, con la Comisión senatorial de Moneda y Banca (posteriormente dirigida por Ferdinand Pecora, que la hizo famosa al convertirla en el azote de banqueros comerciales y de inversión, aunque en ese momento se centraba sólo en la bolsa). El primer testigo de esta comisión fue Richard Whitney, presidente de la Bolsa de Nueva York desde 1930, tras el Crash, aunque ya trabajaba allí anteriormente.

Whitney no colaboró gustosamente con la comisión, se limitó a responder sin dar más información que la estrictamente requerida, aunque sí tuvo a bien explayarse a la hora de hablar de los problemas del gobierno, afirmando que lo que éste debía hacer para restablecer la confianza era ceñirse a un presupuesto equilibrado:

Y para equilibrar el presupuesto propuso reducir las pensiones y otros beneficios de los veteranos que no fuesen incapaces de realizar trabajos mecánicos y, además, todas las nóminas gubernamentales. Al preguntársele qué le parecía reducir su propia paga dijo que le parecía mal, pues era «muy pequeña». Interrogado más estrechamente sobre la cantidad, dijo que normalmente era de sólo unos 60.000 dólares. Los miembros de la comisión le hicieron notar que era seis veces superior a la que recibía un senador, pero Whitney siguió impertérrito en sus trece de que convenía reducir la nómina de los funcionarios públicos, incluida la de los senadores.

Dar confianza, ajustar el presupuesto público, reducir pensiones y salarios a los funcionarios… Deja vu, ¿verdad? Por cierto, Richard Whitney fue procesado en 1938, seis años después de esas declaraciones, por malversación. Quizá le sirvió de consuelo pensar que eso seguramente ayudó a restablecer la confianza.

Por lo demás, en realidad, esos consejos ya no hacían ninguna falta. En aquellos días el presidente Herbert Hoover estaba inmerso en una frenética actividad generadora de confianza y ajustadora del gasto. Pero vayamos por partes:

Lo primero que hizo Hoover, en noviembre de 1929, el mes siguiente al Jueves Negro, fue reducir los impuestos, aunque esas reducciones, en la práctica, fueron minúsculas salvo para las rentas más altas:

[…] para la mayoría de personas afectadas por la medida, las tasas reducidas ya eran originalmente insignificantes. Quien ingresaba 4.000 dólares vio reducidas sus cargas de 5,63 dólares a 1,88. El de 5.000, de 16,88 a 5,63; y el de 10.000, de 120 a 65 dólares anuales.

Hay que recordar que esos 10.000 dólares eran el salario de un senador, por lo comentado más arriba, no estaban al alcance de la inmensa mayoría.

Pero Hoover no se limitó a eso, también celebró una serie de reuniones con personalidades relevantes del mundo financiero y empresarial para discutir el estado de la economía. Todas ellas con sesión fotográfica y conferencia de prensa, y siempre con opiniones muy favorables sobre las perspectivas económicas. En esas reuniones también pidió a los grandes empresarios que mantuvieran el nivel de sus inversiones, algo que ellos convinieron en hacer, y que en algún caso incluso cumplieron mientras hubo algo que ganar.

Este tipo de reuniones fue un instrumento perfecto para hacer frente a la situación en que el presidente Hoover se vio comprometido en otoño de 1929. Dejando a un lado la modesta reducción de los impuestos, el presidente era evidentemente contrario a cualquier acción gubernamental de envergadura para combatir la depresión. […] Ningún líder político responsable se hubiera atrevido seguramente a proclamar una política de no intervención. Mas las reuniones improductivas en la Casa Blanca eran una expresión práctica de laissez-faire, pues de ellas no salía ninguna acción positiva. Al mismo tiempo daban una sensación de estar haciendo algo verdaderamente impresionante.

Con todo, aunque escasas, hasta aquel momento las medidas parecían ir por buen camino. Los tres primeros meses de 1930 el mercado de valores tuvo incluso una recuperación sustancial, pero luego perdió impulso y desde junio volvió a experimentar un grave retroceso. Desde entonces, con pocas excepciones, fue decayendo semana tras semana hasta junio de 1932. ¿Qué había sucedido?

Habían decidido que lo fundamental era equilibrar el presupuesto público:

Un compromiso de equilibrar el presupuesto es siempre un objetivo de gran alcance. En aquel entonces significaba que no se podían aumentar los gastos públicos para fortalecer el poder de compra y aliviar las calamidades. Significaba también que no habría más reducciones de impuestos. Pero tomado literalmente significaba mucho más. Desde 1930 en adelante el presupuesto fue cualquier cosa menos equilibrado, y el equilibrio, por tanto, significaba aumento de los impuestos o reducción del gasto, o ambas cosas a la vez.

El presupuesto equilibrado no fue el único corsé que se aplicó a la economía. También trataron de evitar a toda costa el riesgo de inflación, a pesar de que cualquier posibilidad de que ésta subiera era sencillamente nula: “el país estaba sufriendo la deflación más violenta de la historia de la nación.

El temor de una inflación fortaleció los llamamientos en favor de un presupuesto equilibrado Y también frenó los esfuerzos para reducir los tipos de interés, favorecer la expansión del crédito, [… además] se desechó la idea de devaluar el dólar, porque esta medida violaba directamente las reglas del patrón oro. En el mejor de los casos, la política monetaria en tiempos de depresión como los que comentamos no pasa de ser una débil caña sobre la que apoyarse. Pero los clichés económicos en boga ni siquiera permitían usar un arma tan quebradiza.
[…]
La negativa a intervenir mediante una política fiscal (impuestos y gasto) y monetaria implicaba precisamente una negativa a toda política económica afirmativa del gobierno […] Un triunfo del dogma sobre el pensamiento. Las consecuencias fueron profundas.

Terriblemente profundas, como sabemos: la peor crisis en la historia del capitalismo… hasta la actualidad. Entre otras cosas porque ese dogma dominante en la época ponía por encima de cualquier otra cosa el ajuste del gasto público y el control de la inflación. ¿A alguien le suena esto, casi un siglo después?

Por cierto, en otro llamativo paralelismo con la actualidad, esos dogmas económicos no lo eran sólo para los Republicanos, el partido del presidente Hoover, también los Demócratas aceptaban como indiscutible la necesidad de controlar el gasto público y la inflación. De hecho, incluso Roosevelt tuvo que enfrentarse a cierta oposición interna en 1933, cuando puso en marcha el New Deal.

Hay más cuestiones, por supuesto, tanto entonces como ahora. Entre otras tiene gran relevancia la política de “empobrecer al vecino” que llevaron a cabo tantos países, con medidas proteccionistas para mejorar la balanza comercial y cuyo resultado final fue el de exportar la depresión. Política que también está teniendo reflejo (y defensores) en la actualidad, aunque mucho más suavizada por los tratados comerciales.

Sin embargo, de lo que no cabe duda es de la singular utilidad de las políticas de restablecimiento de la confianza. Constantemente habían “pasado lo peor” y la recuperación estaba próxima a aparecer:

En diciembre [de 1929, el presidente Hoover] dijo al Congreso que las medidas tomadas por él -particularmente las conferencias improductivas celebradas en la Casa Blanca- habían «restablecido la confianza». […] En mayo [de 1930] el presidente se reafirmó en la convicción de que «…hemos pasado lo peor y si continuamos aunando estrechamente nuestros esfuerzos pronto nos recuperaremos». Hacia finales de mes anunció que la actividad económica se normalizaría en otoño.

Por algún extraño motivo, a pesar de tanta seguridad, los mercados eran sorprendentemente reacios a dejarse inundar por esa luminosa confianza con la que se describía la situación. Y entonces, como ahora, a muchos políticos les resultaba incomprensible que una confianza tan pletórica, sumada a unas medidas de ajuste tan inteligentes como adecuadas, no fueran recibidas con el esperado alborozo por parte de esos mercados.

Probablemente fue Simeon D. Fess, presidente del Comité Nacional Republicano, quien pronunció las palabras definitivas sobre la campaña de restablecimiento de la confianza:

«Altas personalidades de los círculos republicanos comienzan a creer que se está organizando un esfuerzo concertado para utilizar el mercado de valores como instrumento de descrédito de la Administración. Siempre que algún funcionario de la Administración hace pública una declaración optimista sobre la situación económica, el mercado retrocede inmediatamente.»

Sublime. Impagable. En la actualidad aún no hemos llegado a eso, que yo sepa, pero todo se andará.

Por desgracia, ya de vuelta a nuestra época, los que nos gobiernan siguen demostrando que su discernimiento no sólo es equiparable a su capacidad de aprender del pasado, sino que son igualmente incapaces de escuchar a los que, en el presente, sí entienden como funcionan las cosas: es imposible reducir la deuda hundiendo el crecimiento. Con el resultado de que continúan tropezando, y haciéndonos tropezar, en piedras demasiado viejas:

“Pero también revela algo más: cuando la gente en Washington habla de déficits y deuda, la inmensa mayoría no tiene ni idea de lo que está hablando, y la gente que más habla es la que menos entiende.
[…]
Necesitamos más, no menos, gasto público para sacarnos de la trampa del desempleo. Y la terca y desinformada obsesión con la deuda se interpone en el camino.”

Pensé titular esta entrada: “Los sordos que no quieren oír”, pero creo que en realidad eso no es del todo cierto. Quienes nos gobiernan sí escuchan, aunque sólo a unos pocos. Tienen oídos para quienes les gobiernan a ellos, para quienes financian sus campañas e influyen en las leyes, para quienes de verdad ven las crisis como oportunidades que aprovechar, mientras el resto de nosotros no somos más que un trivial rumor de fondo, intrascendente y sacrificable cuando es conveniente.

Lo más absurdo es que nuestros gobernantes ni siquiera parecen darse cuenta de que ellos son tan sacrificables como nosotros, de que aquellos a los que benefician no van a demostrarles más gratitud que la que les convenga. Estos gobiernos no sólo están destruyendo literalmente la democracia, es que además están acabando con lo que da sentido a su existencia, con su propia legitimidad. Se están suicidando en masa, estúpida y miserablemente, mientras arrastran a todo el sistema con ellos.

En fin, concluyo con otra cita de Galbraith, con unas palabras magistrales, escritas hace más de medio siglo y escalofriantemente proféticas:

Mas durante el próximo auge no faltará ocasión de citar ciertos virtuosismos, nuevamente redescubiertos, del sistema de libre empresa. […] Entre los primeros que acepten estas racionalizaciones se hallarán algunos responsables de los controles. No dudarán en afirmar que los controles no son necesarios. Los periódicos, algunos, coincidirán en este criterio y hablarán duramente de quienes suponen que sería oportuno arbitrar algunas medidas represivas. A continuación se les llamará hombres de poca fe.

Comentarios cerrados. Si quieres leer los comentarios o escribir el tuyo puedes hacerlo en Barrapunto.

Anuncios