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Y sobre todo asumir que la pobreza existe y siempre existirá. De hecho intentar acabar con la pobreza e intentar acabar con la necesidad de trabajar es lo mismo. La gente no va a trabajar por gusto, la pobreza es necesaria para que la gente mueva el culo para mantenerse alejada de ella.

Las negritas son mías, resaltan lo que me resulta especialmente indignante, aunque toda la cita me lo parece. Lo malo es que este párrafo lo he sacado de un comentario en Barrapunto, no proviene del ideario de algún régimen totalitario, y tampoco es de principios del XIX, cuando algunos veían normal trabajar doce horas al día, desde los diez años de edad y por un salario de subsistencia. Lo peor es que no es la única vez que he escuchado opiniones parecidas en los últimos meses.

Curiosamente el contexto siempre ha sido similar: quien sostiene esas ideas defiende también la reducción de derechos laborales, de salarios, y/o de protecciones sociales. Y caen en unos argumentos circulares curiosamente cataclísmicos, en los que se defienden esas reducciones como única forma de evitar una pobreza que, de todas formas, consideran inevitable. Y a la vez rechazan luchar contra ella mejorando prestaciones y salarios, ya que supuestamente las personas dejarían de trabajar, llevando a toda la sociedad, nuevamente, a la pobreza…

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El próximo domingo 14 de noviembre treinta mil libros serán “liberados” en las calles de Madrid.

Podrán encontrarse en calles, plazas y avenidas, en asientos de autobús o metro, junto a bancos de la calle, del parque o de los otros; bajo estatuas, farolas, chirimbolos, semáforos, buzones, marquesinas, pedigüeños, expositores, papeleras, quioscos, o “cosos-desos-con-anuncios”; en esquinas, callejones y portales oscuros, mirando hacia otro lado; frente a monumentos y gimnasios, mirando monumentos; a las puertas de colegios, ambulatorios, iglesias, comisarías, cortingleses, delegaciones de hacienda, lupanares y estadios; cerca de obras, cacas de perro, gorrillas, atascos, guardias urbanos y coches en segunda fila; resguardados bajo cornisas, tomando el sol sobre el césped o, definitivamente, “tiraos en tol medio lacera”.

Se ruega que extremen las precauciones, hasta podrían tener el descaro de acompañar a los transeúntes y quedarse en su casa durante una temporada, como okupas de tomo y lomo. Además pueden ser extremadamente adictivos y provocar terribles efectos secundarios, entre ellos miedo, sorpresa, risa, tristeza, emoción, intriga, angustia, fascinación y, lo peor de todo, curiosidad.

Incluso pueden llegar a cambiar su visión del mundo. Están avisados :)

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