Me resultan interesantes las disciplinas que, como la psicología o la sociología, estudian el comportamiento humano, las emociones, o las reacciones ante el entorno. Debo aclarar que mis conocimientos en esas materias son, como mucho, superficiales. Algo más amplios en psicología clínica, pero muy básicos en cualquier caso.

Aunque se estudian desde el siglo XIX, el auge de estas ciencias no llega hasta la II Guerra Mundial, cuando comienzan a tratarse los casos de ansiedad y otros desordenes en los soldados que vuelven del frente. Pero su auténtico florecimiento se produce en el último tercio del siglo XX, que es cuando comienza a generalizarse su aplicación de forma cotidiana, sobre todo en el caso de las ramas más sociales, útiles en técnicas de marketing, por ejemplo.

En la actualidad, como algo habitual, todos estamos bajo la influencia de estas técnicas. No sólo la publicidad, muchos de los contenidos que aparecen en los medios de comunicación se estudian, se preparan y se emiten de acuerdo a las reacciones que puedan generar.

Para que quede claro: no hablo de controlar las acciones de las personas, no somos robots, sino de conocer de antemano las reacciones típicas de un individuo (o un conjunto de individuos) ante un estímulo determinado. Esto puede permitir cierta influencia, a un nivel emocional y, por tanto, en muchas ocasiones, de forma subliminal. A pesar de ello, estas materias siguen siendo grandes desconocidas para la mayoría de la población.

Puede que a alguien le resulte interesante un artículo que vi hace unos días, vía Meneame (quizá muchos ya lo hayan visto… ¡ah!, no, los barrapunteros no nos pasamos por ahí :P ), llamado “Los diez experimentos psicológicos más reveladores“, en inglés, y traducido aquí al español.

La mayoría de los experimentos sobre los que habla son de psicología social, y algunos son bastante famosos, así que es probable que ya los conozcas. Los resumo un poco:

El señor de las moscas: la teoría de la identidad social. Basado en el experimento de la cueva de los ladrones, un clásico en el que se demuestra lo sencillo que es adoptar una identidad de grupo, y la rapidez con que este grupo puede degenerar en prejuicios y hostilidad hacia los ajenos a él.

El experimento de la prisión de Stanford: el poder corrompe. Un terrible experimento que afectó profundamente a los que participaron en él. Se crearon dos grupos, guardias y prisioneros, y se permitió a los guardias el uso indiscriminado de su poder para mantener el orden. El experimento tuvo que suspenderse a los pocos días ante el irracional incremento de los abusos que llegó a producirse.

Obediencia a la autoridad: Capacidad humana para la crueldad. Otro dramático experimento realizado en 1963, cuando el mundo todavía trataba de explicarse lo ocurrido en la Alemania Nazi. El sujeto del experimento debía provocar dolor, a sabiendas, a otra persona, bajo el mando de un “maestro”. En la mayoría de los casos lo hicieron, a pesar del visible sufrimiento de su “victima”, con la justificación ética de estar a las órdenes de una autoridad.

Conformidad: No creas lo que ven tus ojos. Experimento realizado en 1951 sobre la teoría de la identidad social. Con este interesante experimento se probó que la mayoría de las personas prefieren ignorar lo que saben e ir con una falsedad si están en un grupo que insiste que el argumento erróneo es verdadero.

Mentirnos a nosotros mismos: Disonancia Cognitiva. En este experimento, de 1959 se comprobó hasta qué punto una persona ignorará su propia experiencia, incluso mintiéndose a sí misma, hasta convencer a otro de algo que no es cierto. Cuando el sistema cognitivo de una persona presenta una gran disonancia o incoherencia interna, ésta se ve automáticamente motivada para generar ideas y creencias nuevas hasta conseguir que el conjunto de sus ideas y actitudes encajen entre sí.

Manipulación de la memoria: ¿Realmente sabes lo que viste? En 1974, para comprobar si la memoria se puede manipular, se mostró a 45 personas una película con un accidente de tráfico. A los distintos sujetos se les hicieron preguntas sobre los mismos hechos, pero variando las palabras, obteniendo respuestas distintas en concordancia con esas palabras. Incluso algunos afirmaban recordar sucesos que no habían ocurrido. Parece que algo tan preciso como una sola palabra descriptiva puede manipular la memoria de un evento o acontecimiento.

El mágico número de la memoria: 7 El psicólogo George Miller sostuvo, en 1956, que el número máximo de “cosas” que podemos mantener en nuestra memoria a corto plazo, en un momento dado, es siete, con un margen de error de más-menos dos. Las consecuencias de esto son bastante más importantes de lo que pueda parecer a primera vista.

Anatomía del pánico de las masas: La guerra de los mundos. No es un experimento en realidad. La emisión de Orson Welles, en 1938, de su adaptación de La Guerra de los mundos provocó el pánico de un sorprendente número de personas. Lo llamativo de este caso, que estudiaron los psicólogos de la Universidad de Princeton, es la cantidad de gente que ni siquiera se molestó en verificar la información que se había emitido, creyendo que era cierta solo porque aparecía en la radio. Quedó en evidencia la facilidad con que los medios de comunicación pueden manipular la información que recibimos, y lo sensibles que somos a estas manipulaciones.

La mesa de negociación: las amenazas no funcionan. Los investigadores Morgan Deustch y Robert Krauss pusieron a prueba dos factores involucrados en la negociación de acuerdos, en 1962: comunicación y amenazas. En este complicado experimento económico se descubrió que las relaciones de cooperación mutua entre personas son mucho más beneficiosas para ambas partes que las amenazas, ya sean acuerdos unilaterales o bilaterales.

Comportamiento arriesgado: Teoría de las perspectivas. los investigadores Daniel Kahneman y Amos Tversky crearon una teoría que les valió un Premio Nobel y fue usada para desarrollar y predecir modelos económicos e influyentes campañas de márketing. La gente se comporta de manera diferente dependiendo de cómo sea presentada una situación. Si se presenta en términos de pérdidas, más gente estará dispuesta a aceptar riesgos, y al contrario cuando se esperan más ganancias que pérdida. Al parecer, la forma de presentar las situaciones cambia nuestro comportamiento.

Actualización [2010/01/26 - 17:58 CET]: Como comenta sammael, el ejercicio de Jane Elliot, de los ojos azules-ojos marrones, también resulta muy interesante. Esta profesora trató de explicar a sus alumnos conceptos como el racismo o la xenofobia con este ejercicio. Separó a sus alumnos en dos grupos, según el color de sus ojos, y les dijo que uno de ellos era superior al otro. Los niños aceptaron rápidamente esta situación de superioridad/inferioridad. Días después les explicó que en realidad era al contrario, que el grupo inferior debía ser el superior y viceversa. Los niños adoptaron esta nueva situación, en la que se intercambiaban los papeles de opresor y oprimido, con una facilidad sorprendente. En todos los casos llegaban a incorporar su situación a su sistema de creencias, modificándolo en lo necesario. Cuando les explico a todos los niños la verdad, éstos dijeron entender mejor la situación de la gente considerada inferior.

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